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Un libro contenedor de un periodismo diferente






“Estamos en sintonía o te parezco un boludo atómico”, responde el periodista Emilio Fernández Cicco cuando se le pregunta sobre qué cree él que piensan los lectores de su trabajo. Su libro del 2006, Yo fui un porno star y otras crónicas de lujuria y demencia, es una invitación a un periodismo distinto -denominado Border-, que encierra un resumen de su particular forma de concebir la tarea, a partir de la selección de 35 crónicas de la sección Oficios Malditos que Cicco escribía en la revista Noticias. Como sutil introducción, en una de las primeras páginas del libro aparece una carta que le envió Bernardo Neustadt, luego de que se publicara la entrevista que Cicco le hizo, donde lo llama estafador.
El Periodismo Border es un Frankenstein del oficio, una invención que puede producir espanto o admiración por su creador en igual proporción. Básicamente, consiste en experimentar las noticias para construir desde adentro el relato, mirar con ojos alienados -“extraterrestres”, según Cicco- todo lo que se presente en la producción de una nota, incluyendo lo que le pasa a uno mismo; y asesinar narrativamente a toda celebridad: “Yo -explica el autor- fusilo a la figura pública para descubrir a la otra persona que está detrás”. En el epílogo del libro hay un apartado que explica, en siete pasos establecidos por el autor, qué es el periodismo Border.
Cicco lo dice claro: “Vivirlo, para poder contarlo”. Y esa premisa lo llevó desde un papel en una película pornográfica hasta enterrar cadáveres en el cementerio de la Chacarita; desde desnudarse en Buenos Aires porque la entrevistada -que era nudista- se lo sugirió, hasta la casa de la familia Süller, cuando los hermanos Süller eran tapa de revista. Todo contenido en un libro que, si se quiere apreciar una manera de ejercer el periodismo más parecida a la de Hunter Thompson que a la de Clarín, vale la pena leer.



Cicco durante la producción de su libro

Fotografías: Julián Bongiovanni






Matías Noli


Un film con la función de acusar



A la distancia, es difícil abordar las películas de la pos-dictadura que ilustran los años duros. Muchas de ellas, como La noche de los lapices (1986) o La historia oficial (1985), tienen ese halo de sufrimiento social tan reciente a su creación que, aunque son ficciones, una crítica a su estructura narrativa o al tratamiento estético que demuestran sonaría absurda. Más que relatos fílmicos, son denuncias. Con Los Chicos de la guerra (1984), del director Bebe Kamín, ocurre exactamente eso. Al ser la primera obra de ficción argentina sobre la guerra de Malvinas, la primera representación escénica de esa odisea de jóvenes, remarcar sus defectos, o mismo sus logros audiovisuales, parece quedar chico y tener poco que ver con el sentido de la obra.
La obra, dentro del eje guerra-Malvinas encierra la historia de vida de tres chicos, de clases sociales bien distintas, que son llamados a combatir en medio de la efervescencia y júbilo social, que se encuentran hambrientos en las trincheras de las Islas, y que vuelven al país a enfrentar el desamparo que sus respectivas clases y entornos les tenían preparados. La situación contextual de la película invalida cuestionar el nivel de complejidad en algunos puntos claves, como puede ser la guerra como parte de una lógica de continuidad dictatorial, el martirio explícito de los desentrenados soldados, el terrorismo de Estado, o las variaciones esquizofrenicas del ánimo social. Sin embargo, por momentos logra retratar sutiles referencias de la moral dominante, sobre todo del ámbito estudiantil del período.

Desde la actualidad, a las películas que narran el proceso, quizás sí sea pertinente marcarles las fallas o aciertos teatrales, el grado de reflexión que presentan, o bien señalar si se quedan en el mero reclamo. Pero a una pieza como Los chicos de la guerra sólo se la puede contemplar como un largometraje desesperado por contar lo sucedido, sin demasiada profundidad, apenás dos años después. Como sucedió en varios film de la década del 80', la obra tiene un extenso reparto de primeros actores y figuras que aparecen en pocas escenas. Muchos de ellos volvieron del exilio junto con la democracia y otros sólo confirman esa necesidad que tenían de denunciar, más que de actuar. Entre ellos están Hector Alterio, Miguel Ángel Solá, Juan Carlos Baglietto –que hace de él mismo-, Ulises dumont y Carlos Carella.
Matías Noli

Postales de la zafra y el abandono






Por Ezequiel Alvarez

En un pequeño pueblo salteño llamado Iruya, el colonialismo y la opresión se hacen carne y barro en la sus habitantes y las laderas de sus montañas. Los vestigios latentes de la explotación azucarera que han condenado a una región.

El tren se abre paso. Desde la terminal de Retiro hasta Iruya, Salta, con escala obligada en Tucumán para luego seguir como se pueda. Es un viaje de ida, de polvo y adobe hacia del norte argentino. Un norte que no olvida y sangra las heridas del pasado. De piel trigueña, de cerros y montañas cortadas a cuchillo. De colonialismo disfrazado en el siglo XX y XXI. Es un viaje río arriba.


El documental Río Arriba, de Ulises de la Orden nos sumerge en ese mundo, donde el hombre blanco llegó con su ambición para destruir una cultura Kolla-Aymara, una forma de vida y una economía regional en pos del beneficio económico. Las historias se mezclan. La inmigración, la explotación azucarera en la zona de Salta, Jujuy y Tucumán y los relatos familiares del joven director se unen en su bisuabuelo, un español que a fuerza de trabajo esclavo con mano de obra indígena logró escalar económicamente y ser arrendatario de un ingenio de la zona de Salta, e Iruya solamente fue un reservorio de fuerza de trabajo barata. Pero es solo un pequeño ejemplo en comparación con la historia de Patrón Costas del ingenio San Martín de Tabacal, Salta, y la familia Arrieta en Ledesma, Jujuy. “La zafra azucarera básicamente es un sistema que produjo riqueza y progreso para una minoría y devastación, abandono y miseria para la gran mayoría del pueblo argentino”, destacó De la Orden.


Los colores del paisaje y la tranquilidad, acompañadas magistralmente en cada escena con una banda sonora a cargo del fallecido Ricardo Vilca, contrastan con el dolor y el sufrimiento que se expresa en los numerosos testimonios de ex zafreros y habitantes de Iruya. Las viejas terrazas de cultivo ya se encuentran derruidas por la falta de mantenimiento que ocasionaba la constante demanda de mano de obra zafrera. Se estima que por cosecha era necesario más de 1 millón de trabajadores, y una economía de autoabastecimiento ha sido remplazada por el olvido y el abandono es su máxima expresión.


El film, estrenado en el 2004 y exhibido tanto en la Villa 31 como en Barcelona cosechando excelentes críticas, es una denuncia a la negligencia y a la avaricie del hombre, que impone su cultura y pisotean el credo de los pueblos originarios, en este caso Aymara y Kolla, sometiéndolos a un modo de vida que va en contra de su cosmovisión.


En Iruya, cuando las lluvias se vuelven torrenciales, y gracias al desgaste de las terrazas de cultivo, el agua arrastra toneladas de barro y roca rio abajo, rumbo a la ciudad. Ese alud arcilloso que desciende raudamente por la montaña es la expresión de un pasado que embiste la vida de todo un pueblo sin recibir ninguna contención de los gobiernos y políticos del presente.



Trailer


Festival del Día de la Tierra




El Día internacional de la Tierra comenzó a partir de una manifestación en Estados Unidos, un 22 de abril de 1970, donde se reclamaba que la cuestión ambiental fuera tomada como una cuestión de Estado.  Desde ese momento, y luego de que la ONU declarara el 22 de abril como el día de la Tierra, millones de personas de las grandes ciudades del mundo se reúnen para celebrarlo en esa fecha.
 En Buenos Aires, se festeja hace dos años en la Plaza Naciones Unidas (Figueroa Alcorta y Austría) en el marco de un Festival: un espacio artístico que incluye música, teatro y diversas actividades culturales; además de la puesta de stands de ONGs y del Estado, que pretenden concientización en relación con el medio ambiente.



El festival en imagen y video.



Coiffeur en el escenario



Más Música





El público








Tai Chi




Show de la campaña Juga Limpio del Gobierno de la Ciudad.




Stand de la Agencia de Protección Ambiental, donde había actividades infantiles




  
                                                                                              Matías Noli



Un espacio alternativo de cultura

Por Matías Noli


Aarón Rositto recorría el estacionamiento recuperado por los estudiantes de la facultad de Ciencias sociales, en Azcuenaga 933, con un sólo objetivo: difundir sus producciones. Aarón no tenía más de diez años, pero sí tenía una propuesta narrativa que ofrecerle a la décima Feria del Libro Independiente (FLIA) que se estaba llevando a cabo en ese lugar. En sus manos llevaba varios ejemplares de Historietas heróicas, un material dibujado y guionado por él mismo, en el artesanal formato de dos hojas A4 abrochadas con ganchitos. Costaban 2 pesos la tira corta y 3 la larga. La pregunta que surge luego de ver la historieta de Aarón no tiene tanto que ver con su contenido o su calidad, sino con que si podría tener lugar en el circuito editorial argentino, por ejemplo, en la Feria del Libro. La respuesta es, definitivamente, no.
Por esa razón, hace tres años, se creo la FLIA: para darle lugar a todo el bajage de artístas que no tiene las pretensiones o los medios comerciales para distribuir sus materiales con el nivel publicitario que disponen y exigen los grandes eventos. "Levantemos nuestras copas; bienvenidos a la poesía", gritó alguien desde la radio abierta, facilitada por FM La Tribu, que estaba montada allí, para dar inicio a la décima ocasión en que escritores, artesanos, poetas y diseñadores independientes se extendieron en más de 100 stands, a lo largo del estacionamiento recuperado de la facultad de Ciencias Sociales. Editoriales alternativas, como Eloisa la Cartonera o Duniashka, a la que pertenece Aarón, brindaron sus libros a precios realmente accesibles. Hubo, adémas, proyecciones de documentales y charlas debate.

Cine para pensar

Por Ezequiel Alvarez
El Judas sindicalista


Roberto Barreda y la bastardeada imagen de Perón




Desde tiempos bíblicos, y mucho antes, la traición ha formado parte del ser humano. La política no es la excepción a la regla. Menos cuando los elementos en disputa en alguna de los bandos no son ideológicos, sino poder y dinero. El sindicalismo burocrático es uno de los sectores en donde esa traición a las ilusiones y luchas de la clase obrera se hace más evidente. A más de 35 años del estreno de Los Traidores de Raymundo Gleyzer, el film aún continua vigente, ya que la corrupción, mezclada con los intereses y la dignidad de la clase obrera y sus dirigentes es cuestionada en la actualidad. Es una radiografía del pasado y presente del sindicalismo argentino.


El film, aunque este anclado en lo cotidiano, es una ficción, pero con claras similitudes a personajes sindicalistas argentinos. José Ignacio Rucci, dirigente sindical asesinado por Montoneros, comparte varias caracteristas con el personaje principal del largometraje Roberto Barrera, desde algunas fibras ideológicas hasta el aspecto físico y pasearse en un Torino blanco. La trama desmenuza la historia de vida de un militante sindical peronista de los años '60, que a medida que va subiendo dentro de la organización horizontal del sindicato, se ve corrompido por el poder y termina traicionando a sus compañeros, he incluso hasta a su propio padre y convicciones políticas. Dentro de los manejos turbios, torturas y asesinatos en nombre del sindicalismo, Barreda finge un auto secuestro para ganar las elecciones que lo llevaran a un nuevo mandato, generando el repudio de la clase trabajadora encausada en un grupo de base de antiguos compañeros de Barrera que acabaran con su vida.



Es una dramatización ejemplificadora de una de las tantas metamorfosis y luchas clasistas que ha sufrido la historia argentina. Siendo una crítica acida a las políticas de convivencia entre los sindicatos y las dictaduras de turno, también sin olvidar que fue producida por una organización militante como fue Cine de Base, la película fue víctima de persecución y censura por parte de gobiernos de turno y exhibida asiduamente en la clandestinidad. Hasta el sistema de distribución de los rollo se asemejaba más a un operativo militar para evitar que las copias caigan en manos equivocadas y desaparecieran. Sin olvidar que Gleyzer empuñó su cámara como un fusil desde la trinchera del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Militancia que selló su destino cuando paso a engrosar la lista de los desaparecidos producto de la desidia y cobardía de la última dictadura militar.



"La prédica de Roberto Barrera era un obstáculo para los enemigos de la Nación", remarca un hipotetico Presidente durante una mítica escena cargada de ironía donde el propio Barrera sueña con su velorio. Dejando en claro, que los propios enemigos de la Nación son aquellos que luchan por sus derechos y por su dignidad. Mientras tanto, los oprimidos siguen siendo los mismos de hace 35 años, y la traición dice presente cuando el poder la requiera. Una clase sindical corrupta es sinónimo de malestar, guante blanco, clientelismo y violencia. Los Traidores se encuentra concebida bajo esa realidad, que no dista demasiado de la actual, donde el grito y la necesidad del obrero no hacía eco en los oídos de una clase dirigente acostumbrada al dulce sonido de los billetes de las patronales.




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